Mark Weisbrot
Últimas Noticias, 8 de agosto, 2016

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En una entrevista concedida al periodista Abby Martin, el presidente ecuatoriano Rafael Correa manifestó que América Latina estaría mejor si Trump ganara la elección presidencial de Estados Unidos en noviembre. Fue relativamente amable y diplomático al respecto, alabando a Hillary Clinton por sus aspectos positivos, y acabó diciendo que por el bien de EE.UU. y del mundo, esperaba que ganara. Pero Correa, quien durante su presidencia ha realizado una gran obra a la hora de mejorar las vidas de sus compatriotas y de llevar a cabo reformas progresistas, es altamente educado e inteligente. Ha logrado aprender mucho de la experiencia con la que cuenta la región de las gestiones de Bush y de Obama. Por lo tanto, vale la pena tomar en serio su afirmación, pues nos habla de ciertas cosas importantes sobre la política de EE.UU. en América Latina.

La idea esencial es que EE.UU. seguirá jugando un papel atroz en América Latina, sin importar quién esté al mando, por lo cual resulta mejor para los latinoamericanos tener un presidente de EE.UU. ampliamente despreciado, como lo fue George W. Bush, que alguien encantador y querido por los medios como el presidente Obama. A corto plazo, resulta difícil contrarrestar dicha afirmación. De hecho, es muy posible que la región hubiera estado mejor si John McCain (2008) o Mitt Romney (2012) hubiera derrotado a Barack Obama, admitiendo además que ​​Obama es por lo general menos duro que Hillary en materia de política exterior. Las políticas del gobierno de Obama en América Latina no fueron mejores que las de George W. Bush. Su gestión contribuyó a consolidar el golpe militar en Honduras, e hizo lo mismo con el golpe de Estado parlamentario en Paraguay.

También se encargó de enviar una misión de la OEA que recomendó revertir de forma arbitraria los resultados de la primera vuelta de la elección presidencial de Haití en 2010, y luego amenazaron al gobierno de Haití con cortar la ayuda humanitaria tras el terremoto si no aceptaban los nuevos resultados electorales preferidos por los extranjeros. Más recientemente, ha intentado forzar a los haitianos a aceptar los resultados de la elección fraudulenta de octubre, incluso luego de que una comisión de auditoría electoral independiente revelara irregularidades a gran escala y recomendara nuevas elecciones.

En marzo de 2016, el presidente Obama viajó a Argentina con el propósito de alabar al presidente de derecha recientemente electo allí, y desde Washington se dio marcha atrás a la política de bloquear los préstamos internacionales al país bajo la anterior Presidenta de izquierda, Cristina Fernández de Kirchner. Al mismo tiempo, decidió renovar las sanciones contra Venezuela, con la acusación patentemente falsa de que Venezuela constituía una "amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de los Estados Unidos". No era sino otra cuota más de una década y media de esfuerzos por parte de Washington para derrocar al gobierno de Venezuela.


Podrían citarse muchosejemplos más de daño real, o intentos de daño, contra gobiernos de izquierda. Del lado positivo de la balanza, se destaca apenas un elemento: la apertura de Obama hacia Cuba. Se trata de un cambio de política de importancia histórica, que un presidente republicano probablemente no hubiera llevado a cabo, pero sigue siendo parte de una estrategia continua de cambio de régimen por otras vías.

Existen razones históricas y estructurales que explican la espantosa continuidad de la política de EE.UU hacia América Latina, junto a la vergonzosa falta de debate en torno a esta, ya sea en el seno del gobierno o en los medios de comunicación. Quizás de forma más clave, no acarrea grandes consecuencias electorales, aún cuando Washington va en contra de casi todos los gobiernos de la región, como lo hizo con los golpes militares en Honduras y en Venezuela.

De modo que Correa probablemente tenga razón, al menos en el corto plazo. Pero yo diría que incluso América Latina estaría peor con una presidencia de Trump a largo plazo, en vista de que los dos partidos de acá no coinciden en cuanto a la composición de sus seguidores, y dado que la base del Partido Demócrata es lo suficientemente distinta como para seguir influyendo en la política exterior estadounidense y reorientarla hacia un mejor lugar, por lo general. Lo cual era más evidente para América Latina en la década de los 80, cuando el patrocinio de matanzas y atrocidades en Centroamérica por parte del Presidente Ronald Reagan causó tanta oposición en terreno propio que el mismo Congreso cortó los fondos para continuar la guerra en Nicaragua. (El gobierno de Reagan recurrió entonces a la financiación ilegal, culminando en el escándalo Irán-Contra). Durante esa lucha, el Congreso se dividió en torno a líneas partidistas, con los demócratas opuestos a los fondos de EE.UU para guerras ilegales y asesinatos.

Un ejemplo reciente de dichas diferencias potenciales puede observarse en la carta enviada la semana pasada al Secretario de Estado estadounidense, John Kerry, firmada por 43 demócratas del Congreso, entre ellos algunos que integran la dirección del partido en la Cámara, junto con miembros cercanos al presidente Obama. La carta dice:


Le escribimos para expresarle nuestra profunda preocupación por los recientes acontecimientos en Brasil, que consideramos una amenaza a las instituciones democráticas de ese país. Le instamos a ejercer la máxima precaución en sus relaciones con las autoridades provisionales de Brasil y abstenerse de dar declaraciones o ejercer acciones que podrían interpretarse como un apoyo a la campaña de destitución lanzada contra la Presidenta, Dilma Rousseff.

Nuestro gobierno debe expresar su profunda preocupación con respecto a las circunstancias que rodean el proceso de juicio político y hacer un llamado a que se protejan la democracia constitucional y el estado de derecho en Brasil.

El gobierno de Obama pretende ser oficialmente neutro con respecto al juicio político o "golpe", como muchos brasileños lo llaman, pero existen pruebas de que lo apoya. Un miembro del Comité de Asuntos Exteriores me dijo recientemente que quedaba "bastante claro" que el gobierno estaba a favor de la destitución de Dilma.

Resulta ser algo muy poco habitual, quizás sin precedentes, que docenas de diputados demócratas del Congreso busquen contrarrestar a un gobierno demócrata en su política hacia un país tan grande e importante como Brasil. Sin embargo, el único gran medio de noticias estadounidense que informó sobre la carta fue el diario Los Angeles Times.

Los grandes medios representan otro motivo estructural para la continuidad atroz y la falta de debate en torno a la política exterior de EE.UU. hacia América Latina.


Mark Weisbrot es codirector del Centro de Investigación en Economía y Política (Center for Economic and Policy Research, CEPR) en Washington, D.C. También es autor del libro “Fracaso. Lo que los ‘expertos’ no entendieron de la economía global” (2016, Akal, Madrid).