Mark Weisbrot
The Huffington Post México, 28 de febrero, 2017

The Huffington Post, 16 de febrero, 2017
Philadelphia Inquirer, 14 de febrero, 2017
Arizona Daily Star, 13 de febrero, 2017
North Andover Eagle Tribune, 12 de febrero, 2017
Austin American-Statesman, 12 de febrero, 2017
Common Dreams, 12 de febrero, 2017
New Bedford Standard-Times, 10 de febrero, 2017
Sioux Fall Argus Leader, 9 de febrero, 2017
Mcallen Valley Town Crier, 9 de febrero, 2017
Anna Melissa Tribune, 9 de febrero, 2017
Sherman Herald Democrat, 9 de febrero, 2017
Cecil Daily, 9 de febrero, 2017
Circleville Herald, 9 de febrero, 2017
Evansville Courier & Press, 9 de febrero, 2017
Henderson Gleaner, 9 de febrero, 2017
Bellingham Herald (WA), 9 de febrero, 2017
McClatchy News Service, 9 de febrero, 2017
Tribune News Service, 9 de febrero, 2017
Sacramento Bee, 9 de febrero, 2017

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Es poco probable que el presidente Trump pueda cumplir con su sueño de hacer pagar a México por un muro a lo largo de la frontera sur de los Estados Unidos. De ser construido, serán los contribuyentes estadounidenses quienes casi de seguro reciban la factura, que según ciertas estimaciones alcanzaría los 50 mil millones de dólares. Sin embargo, vale la pena dar un paso atrás para ver mejor la economía tras las relaciones entre los Estados Unidos y México, para ver cómo es que la inmigración desde México llega a convertirse en un tema relevante dentro del debate político estadounidense, hasta el punto en que alguien como Trump puede tratar de usarla en su favor.

El TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) es un buen punto de partida. Mientras finalmente ha empezado a reconocerse cómo aquellos mal llamados acuerdos de “libre comercio” han afectado a millones de trabajadores en los Estados Unidos, sigue siendo frecuente entre comentaristas tanto liberales como de derecha el asumir que el TLCAN ha sido bueno para México. La realidad contradice enérgicamente semejante suposición.

Si atendemos a la medida más básica de progreso económico, el crecimiento del PIB, o al ingreso, por persona, México se ubica en el puesto 15 entre 20 países de Latinoamérica desde que ingresó al TLCAN en 1994.

Otras cifras muestran un panorama aún más oscuro. Según las últimas estadísticas oficiales del país, la tasa de pobreza en 2014 alcanzó el 55,1%— de hecho por encima del 52,4% en 1994.

Los salarios cuentan una historia similar: casi ningún crecimiento en salarios reales (ajustados a la inflación) desde 1994 — apenas alrededor de un 4,1% a lo largo de 21 años.

¿Por qué le fue tan mal a México bajo el TLCAN? Debemos entender que dicho acuerdo fue la continuación de una serie de políticas que iniciaron en los años ochenta, bajo la presión de Washington y el Fondo Monetario Internacional, cuando México era particularmente vulnerable durante la crisis de la deuda y en un contexto de recesión global. Dichas políticas públicas incluyeron la desregulación y liberalización del sector manufacturero, la inversión extranjera y el régimen de propiedad (el 70% del sistema financiero mexicano es ahora de propiedad extranjera). México también se alejó de las políticas pro-desarrollo de décadas anteriores hacia una nueva receta neoliberal, atándose aún más a su vecino del Norte y a sus cuestionables ideas en torno al desarrollo económico.

El objetivo del TLCAN era sellar estos cambios y políticas mediante un tratado internacional, de modo que fuesen más difíciles de revertir. Fue también diseñado para incluir privilegios especiales para corporaciones transnacionales, como el derecho a demandar gobiernos por regulaciones que pudiesen reducir sus potenciales utilidades —incluso respecto a temas de salud pública o seguridad ambiental. Dichos juicios se deciden en un tribunal predominantemente constituido por abogados corporativos cuyas decisiones no están sujetas ni a precedentes ni a sistemas legales nacionales.

Cerca de dos millones de empleos netos desaparecieron de la agricultura mexicana, y millones más fueron desplazados, cuando el maíz subsidiado importado arrasó con los pequeños agricultores. Entre 1994 y 2000, la inmigración desde México a los Estados Unidos se incrementó en un 79%, descendiendo durante la década siguiente.

Ahora en lo que al muro respecta: si la economía mexicana hubiese continuado creciendo después de los ochenta al ritmo de las dos décadas anteriores, los mexicanos tendrían hoy un ingreso promedio comparable a los actuales niveles europeos. Poquísimos mexicanos tomarían grandes riegos para vivir o trabajar en los Estados Unidos. Pero el crecimiento económico colapsó desde 1980, bajo el fallido experimento de Washington. Incluso si miramos únicamente a los 23 años post-TLCAN —de lejos los mejores años — el PIB por persona ha crecido tan solo en un 29%, una pequeña fracción frente al 99% de crecimiento entre 1960 y 1980.

Si es que llega a ser construido, el muro causaría importantes daños tanto económicos como ambientales. Pero es el daño a largo plazo a la economía mexicana con el que Washington ha contribuido el que nos ha traído a un punto en el que un presidente estadounidense puede siquiera proponer semejante monstruosidad.


Mark Weisbrot es codirector del Centro de Investigación en Economía y Política (Center for Economic and Policy Research, CEPR) en Washington, D.C. y presidente de la organización Just Foreign Policy. También es autor del libro “Fracaso. Lo que los ‘expertos’ no entendieron de la economía global” (2016, Akal, Madrid).

Traducción por Jorge Enrique Forero.