Mark Weisbrot
Público, 7 de octubre, 2018

The Nation, 27 de agosto, 2018

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Cada semana y, con frecuencia, más de una vez por semana, aparece un nuevo artículo en los principales medios de comunicación o en publicaciones de política exterior sobre la desaparición del orden mundial angloamericano posterior a la Segunda Guerra Mundial. Generalmente, estos análisis hablan de la Alianza Transatlántica entre EEUU y Europa ―dos de las economías más grandes del mundo― con especial preocupación y nerviosismo por la posible pérdida de este orden mundial. No es de extrañar que haya contribuido a esta angustia los comentarios salvajemente erráticos del presidente Trump sobre la OTAN (a pesar del hecho de que él la está ampliando), sus groserías sin precedentes hacia los líderes europeos y su amistad con Putin en la cumbre de Helsinki.

La historia elemental detrás de este lamento y melancolía es que los líderes de Estados Unidos construyeron un sistema “basado en reglas”, sustentado en los “mercados abiertos” y la democracia (ambos se ven a veces como sinónimos); un sistema que ha fomentado la prosperidad y una relativa estabilidad. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos fue la única economía industrial importante que surgió no solo indemne, sino con su economía duplicada en tamaño. Mientras que otros podrían haber aprovechado este poder sin igual para su propio beneficio; según la historia, los gobernantes caritativos de Estados Unidos construyeron un orden mundial para el bien de todos. Trump es visto como una amenaza al mantenimiento de su existencia.

Este análisis del orden mundial posterior a la Segunda Guerra Mundial no incluye a alrededor de tres millones de vietnamitas muertos y a medio millón de muertos en Indonesia, quienes podrían cuestionar el altruismo de este sistema, si es que no los hubieran matado. Más recientemente, un millón de iraquíes muertos, si pudieran ser escuchados, probablemente cuestionarían que el dominio estadounidense ha sido en interés de todos. Y hay cientos de millones de personas en América Latina, África y Asia que sufrieron durante décadas bajo dictaduras respaldadas por Estados Unidos, así como guerras patrocinadas por Estados Unidos. Gran parte de la actual disfuncionalidad violenta en estos países es un resultado directo de estas intervenciones, así como de la continua influencia de EEUU.

De hecho, mientras escribo esto, el Ejército estadounidense está directamente involucrado en una guerra en Yemen que ha producido deliberadamente lo que la ONU ha llamado la peor crisis humanitaria del mundo. Ha llevado a más de ocho millones de personas al borde de la hambruna, ha creado el peor brote de cólera en la historia moderna y ha matado a miles de civiles en bombardeos. Estados Unidos está proporcionando reabastecimiento en el aire a los bombarderos de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, asistencia en inteligencia y en identificación de blancos y personal militar en el terreno, entre otras ayudas (solo está relativamente constreñido gracias a la creciente oposición en el Congreso estadounidense).

Pero ignoremos estas verdades incómodas por un momento, como lo hacen casi todos estos análisis.

Echemos un ojo a la situación actual. La Alianza Transatlántica es mucho más sólida de lo que reconocen la mayoría de estos analistas. Esto se debe principalmente a que no es solo una alianza de Gobiernos democráticos con valores compartidos, sino también una alianza de los países ricos del mundo ―es decir, de sus líderes― contra los países pobres y de medianos ingresos del mundo.

Las reglas de la Organización Mundial del Comercio, a las que están sujetos 164 países, fueron escritas por corporaciones estadounidenses y europeas. El logro más significativo de la OMC desde su creación en 1995 fue aumentar la protección de las patentes al estilo estadounidense en todo el mundo, lo que provocó la muerte de millones de personas de bajos recursos que no tenían la posibilidad de acceder a medicamentos esenciales. Después de años de lucha, algunas de estas reglas fueron reescritas, pero aún queda un gran remanente del daño causado. Las normas de agricultura de la OMC también ponen en gran desventaja a los países en desarrollo y buscan prohibir que los Gobiernos subsidien la producción nacional para el consumo interno que tiene el fin de alimentar a las personas profundamente desnutridas; por ejemplo, en India. Las normas de la OMC también hacen que sea mucho más difícil para los países en desarrollo aplicar las políticas industriales que fueron empleadas por los países de altos ingresos, como Estados Unidos, para llegar a donde están hoy.

El Fondo Monetario Internacional, una organización que tiene como miembros a 189 países, es administrado por Estados Unidos y Europa. De hecho, para la mayor parte del mundo fuera de Europa es el Departamento del Tesoro de Estados Unidos el que maneja al FMI. El Banco Mundial, que por costumbre desde 1946 debe tener un presidente que sea estadounidense, también está controlado por Estados Unidos y sus aliados, y coopera con el FMI en la promoción e imposición de políticas económicas que Washington apoya. Estas políticas a menudo no benefician a los países en desarrollo, como cabría esperar de las organizaciones que no rinden cuentas a los países de bajos y medianos ingresos, ni a ningún electorado.

Estas son las instituciones de gobernanza global que ejercen el poder en el mundo, además del Consejo de Seguridad de la ONU, donde la Alianza Transatlántica debe compartir el poder de veto con Rusia y China. Durante la mayor parte del último medio siglo, el FMI ha sido la vía más importante de influencia de Estados Unidos sobre los países de ingresos bajos y medios. Se ha ubicado a la cabeza del cártel de los acreedores, que decide que los países que no acepten las condiciones del FMI no obtendrán préstamos de otros prestamistas multilaterales (por ejemplo, el Banco Mundial) y, en ocasiones, ni siquiera del sector privado. Este cártel perdió influencia en la mayoría de los países de ingresos medios en la primera década del siglo XXI, pero está resurgiendo (por ejemplo, en Argentina) y todavía mantiene el cártel de sus acreedores en los países pobres.

Los líderes europeos están bastante enojados con la derogación unilateral del Gobierno de Trump del Plan de Acción Integral Conjunto, el acuerdo negociado con Irán que había puesto fin a la amenaza de que desarrollara armas nucleares en un futuro previsible. Claramente, Europa se enfrenta a mayores riesgos en materia de seguridad en Medio Oriente, incluida la amenaza de guerra de Trump contra Irán; sin mencionar todos los problemas políticos que han sido creados por la afluencia de refugiados que fue principalmente el resultado de la intervención de Estados Unidos en la región. Pero, ¿qué hicieron al respecto, después de que sus ansiosas súplicas con Trump no lo convencieron? Nada, porque estos líderes ―no la gente de Europa, a la que han jodido gravemente desde la Gran Recesión― necesitan a su querido cómplice.

Estados Unidos es el gendarme del orden económico y político global de los países ricos. Esto se debe en parte a que EEUU no sufrió la destrucción que sufrió Europa en las guerras mundiales, y en parte porque los europeos han desarrollado Estados del bienestar que no permiten el gasto militar increíblemente derrochador que mantiene 800 bases militares estadounidenses en todo el mundo.

Pero las armas de destrucción masiva (y de destrucción ordinaria) de Washington no son, de ninguna manera, la totalidad de su arsenal. Se le suma el "privilegio exorbitante" de poder imprimir la moneda más importante del mundo, que representa el 60 por ciento de las reservas mundiales en poder de los bancos centrales. Cuando Lehman Brothers colapsó en 2008 y la crisis financiera mundial estalló, la Reserva Federal organizó permutas de divisas para sus socios europeos, con el fin de asegurarse de que no sufrieran ningún problema temporal de liquidez internacional. Al otro lado de la brecha, si no gravitas bajo la órbita de Washington, el sistema financiero mundial dolarizado le otorga a EEUU mucho más poder que a otros países para imponer sanciones contra ti (por ejemplo, en los casos de Cuba, Venezuela e Irán); sin, o incluso en contra de los deseos de las Naciones Unidas.

La élite de Europa está ligada a los gobernantes de Estados Unidos en virtud de su interés común en mantener el dominio de la economía mundial. Esto, a pesar de la realidad: el hecho de que sus botines no alcanzan a la ciudadanía de Estados Unidos o de Europa.

Esta dominación angloamericana no durará para siempre. Eurasia, la masa terrestre más grande del mundo, que crió las potencias coloniales que conquistaron al mundo, continúa aumentando su integración económica, a pesar de los grandes esfuerzos de Estados Unidos para contrarrestar esta tendencia histórica mundial, con sus intentos de acuerdos comerciales como el TPP y el TTIP. La economía de China ya es un 25 por ciento más grande que la de Estados Unidos sobre la base de la paridad del poder adquisitivo (esta es la medida más utilizada por los economistas para las comparaciones internacionales, ya que toma en cuenta las diferencias de precios entre los países). Se proyecta que en una década la economía china será dos veces más grande que la de Estados Unidos.

Con el tiempo, los países europeos, dirigidos por sus corporaciones e instituciones financieras, mirarán más hacia el este y menos hacia el oeste, a medida que el mundo se vuelva más multipolar y la participación de Estados Unidos en la economía mundial se reduzca. Pero para un futuro cercano, las élites de EEUU y Europa se necesitan mutuamente, ya que el hegemón global intenta aferrarse a su posición no elegida. Trump puede ser tan grosero, rudo e ignorante como quiera con sus aliados europeos; aún así, no los hará rebelarse contra "el líder del mundo libre".


Mark Weisbrot es codirector del Centro de Investigación en Economía y Política (Center for Economic and Policy Research, CEPR) en Washington, D.C. y presidente de la organización Just Foreign Policy. También es autor del libro “Fracaso. Lo que los ‘expertos’ no entendieron de la economía global” (2016, Akal, Madrid).

Traducción por Francesca Emanuele.