Mark Weisbrot
Últimas Noticias, 2 de agosto, 2015

Intereconomics, 29 de julio, 2015

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Ahora queda claro que las autoridades europeas no tienen la intención de permitir que la economía griega se recupere en un futuro cercano. Los superávits primarios que el gobierno se ha visto obligado a aceptar – del 2, 3 y 3.5 por ciento del PIB durante los tres años del acuerdo, que va del 2016 hasta el 2018 – no le permitirán a Grecia salir de sus seis años de depresión hasta la fecha. Incluso si no cumplen con esas metas, lo cual es probable, el simple hecho de apegarse a lo que se han comprometido a hacer impedirá que la economía se recupere.

Y mientras más lenta sea la recuperación, más los acreedores de Grecia – con más del 86 por ciento de la deuda en manos de acreedores oficiales (el FMI, el BCE y los gobiernos europeos) –  perderán en la reestructuración de la deuda, algo que ya casi todo el mundo reconoce como inevitable. Al cerrar el sistema bancario griego con el fin de ponerle una pistola a la cabeza de Grecia antes del referéndum del 5 de julio, el BCE ha sacrificado decenas de millardos de euros contraídos con sus acreedores. Además, dado que el sistema financiero aún no ha vuelto a su funcionamiento normal, esto significa que van a perder aún más.

La extensión garantizada de la depresión griega sin duda cambia la ecuación para los griegos con respecto a los costos y beneficios de permanecer en la eurozona.

Por supuesto, dejar el euro podría ser peor que llevar a cabo el acuerdo firmado por el gobierno, pero resulta muy poco probable. Una mirada a las crisis financieras de las últimas dos décadas revela que Grecia ya ha sufrido más daño que cualquier otra. Aunque la economía griega podría empeorar después de un ‘Grexit’ (salida de Grecia de la eurozona), antes de mejorar, teniendo en cuenta lo que enfrentan los griegos en el marco del programa actual, el resultado final de una salida sería muy probablemente una recuperación más rápida.

Algunos, entre ellos el presidente François Hollande de Francia, están presionando para lograr una mayor integración fiscal y política, con el fin de resolver el problema. Pero es muy poco probable que esto sea de gran ayuda, puesto que la política en la zona euro es la que presenta el problema más inmediato y urgente. Debe quedar claro que esta crisis no tiene que ver con dinero. El problema de la deuda griega podría haber sido resuelto en el año 2010, por una pequeña fracción del dinero que los acreedores ya han perdido. Aumentaron sus pérdidas enormemente al poner a Grecia a pasar por su larga depresión, y ahora están dispuestos a sacrificar aún más, con el fin de alcanzar sus objetivos políticos. ¿Cuáles son esos objetivos políticos?

Para pruebas directas, se pueden consultar las miles de páginas generadas por las "consultas del Artículo IV" que los países de la UE sostienen regularmente con el FMI. Estas relatan una historia clara de lo que parece ser un consenso de élites, o al menos de una mayoría de éstas: durante los cuatro años que van del 2008 al 2011 (que incluyen la crisis financiera y la recesión mundial), se observa un patrón pronunciado de recomendaciones que abogan por el ajuste fiscal, los recortes, la reducción de las pensiones y del gasto en salud, el aumento de la oferta de trabajo y la reducción de la capacidad de negociación de la mano de obra, además de reducir el empleo público.

Es a favor de esta visión que el Banco Central Europeo, a lo largo de 2011 y hasta septiembre de 2012, forzó varias veces a la zona euro al borde de un colapso financiero, con los mercados convencidos de que la existencia del euro en sí corría riesgo. Esta jugada de la gallina contribuyó en gran parte a los dos años más de recesión que sufrió la zona euro, luego de su recuperación inicial de la recesión de 2009. Fue apenas en julio de 2012, que el presidente del BCE, Mario Draghi, pronunció las tres palabras que pusieron fin a la crisis financiera, al declarar que el BCE haría "lo que sea necesario" para preservar el euro.

Por supuesto Draghi y el BCE podrían hacer lo mismo para Grecia como lo que hicieron para Italia y España en el 2012, ambos países "deudores demasiado grandes para permitirles entrar en quiebra", cuyos rendimientos en sus bonos se estabilizaron inmediatamente como resultado de la declaración de Draghi, y comenzaron una disminución constante hacia niveles muy bajos, sin que el BCE siquiera tuviera que respaldar su afirmación con dinero. Pero más bien han elegido hacer lo contrario, con el propósito deliberado de causar una grave crisis en el sistema financiero griego, y empujarlo hacia una recesión aún más profunda.

Mientras tanto, he aquí otro interés que ha estado presionando en silencio a las autoridades europeas de no forzar a Grecia a dejar la zona euro: el gobierno de Estados Unidos. En una reunión de la junta del FMI el 1 de julio, EE.UU. obligó la divulgación de un análisis del FMI mostrando que la deuda de Grecia era insostenible. Quizás haya ayudado a Syriza a ganar un "no" abrumador en el referéndum del 5 de julio, puesto que el gobierno griego lo citó para demostrar que sus demandas de alivio de la deuda eran razonables. Fue una ruptura de protocolo en el FMI: Washington acostumbra acceder a los deseos europeos con respecto a un tema tan importante para Europa. También fue un tiro de advertencia, dirigido a los partidarios de la línea dura, sobre todo entre los alemanes, para hacer constar que el gobierno de Estados Unidos tiene sus propios intereses en no romper la zona euro, y utilizará su poder cuando sea necesario y posible, a modo de evitar dicho escenario. A Washington no le preocupa el proyecto de una nueva Europa más neoliberal, pero sí le preocupa profundamente la integridad de su aliado más importante – Europa – y cuenta con una larga y sórdida historia de intervención en Grecia, con el fin de mantener a ese país dentro de su órbita.

Pero puede que incluso la mano pesada de Washington no sea suficiente para mantener a Grecia dentro del euro, en vista de las imposibles exigencias de las autoridades europeas. Incluso un alivio de la deuda, en caso de que los alemanes estuvieran dispuestos a concederlo, sería casi sin duda demasiado poco, demasiado tarde, como para permitir una recuperación de la economía griega en un futuro próximo. Sin una recuperación económica, el acuerdo puede muy bien colapsar.


Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research en Washington, D.C. y presidente de Just Foreign Policy. Es además autor del libro de próxima aparición Errados: en qué se equivocaron los “expertos” acerca de la economía global (Oxford University Press, 2015).