Mark Weisbrot
05 de Octubre 2014, Últimas Noticias

 
 

Cuando, hace pocas semanas, la contrincante Marina Silva tomó la delantera en las encuestas frente a la presidenta Dilma Rousseff, hubo mucha emoción acá en Washington, tanto en la prensa financiera como en los mercados financieros. El Partido de los Trabajadores de Rousseff ha estado en el poder durante 12 años, y mucha gente rica y poderosa –del Norte y del Sur– estaba lista para un cambio. La fortuna parecía favorecerlos: la economía brasileña, que ha desacelerado de manera significativa estos últimos años, entró oficialmente en recesión durante el año en curso –algo que anunciaría una derrota electoral para muchos presidentes. Previo a ello, se vieron manifestaciones en torno al costo del transporte público y el gasto del gobierno en la Copa Mundial, además del desastroso final de los juegos, con una humillante derrota de 7 a 1 de Brasil ante Alemania.

No obstante, Dilma se ha recuperado de cada golpe y ahora parece estar en posición de llevarse tanto la primera como la segunda vuelta de la elección. ¿Cómo se explica este fenómeno?

Si Dilma Rousseff es reelecta, tal vez sea porque la mayoría de los brasileños contempla los doce años de gestión del Partido de los Trabajadores y cualquiera con suficiente edad o instrucción hace la comparación con el pasado. Para la gran mayoría, los cambios [PDF] han sido bastante asombrosos.

A pesar de la desaceleración de los últimos años y la recesión mundial del 2009, el PIB per cápita de Brasil creció un promedio de 2,5 por ciento al año entre 2003 y 2014. Esta cifra es más de tres veces superior a la tasa de crecimiento durante los dos períodos de gobierno anteriores del presidente Fernando Henrique Cardoso, quien implementó las políticas del “Consenso de Washington” y sigue siendo un hombre de Estado muy preferido en la capital estadounidense.  (Antes de Cardoso, se vivió una década y media de fracaso económico aún más grave, en la que Washington ejercía una influencia todavía mayor en la política económica, y durante este periodo el ingreso por persona en realidadcayó).

Este retorno al crecimiento, junto a la utilización de los mayores ingresos fiscales para incrementar la inversión social, ha significado una reducción en la tasa de pobreza de Brasil de un 55 por ciento, y de un 65 por ciento para la pobreza extrema. Para quienes se encuentran en condición de pobreza extrema, el programa del gobierno de transferencia condicional de dinero (Bolsa Familia), reconocido internacionalmente, les proporcionaba 60 por ciento de sus ingresos en el año 2011, comparado con 10 por ciento en el año 2003. Un incremento considerable del sueldo mínimo – 84 por ciento desde el 2003, tomando en cuenta la inflación, también ayudó mucho.

El desempleo ha bajado a un récord histórico de 4,9 por ciento; estaba ubicado en 12,3 por ciento cuando Lula da Silva asumió la presidencia en el año 2003. La calidad de empleo también ha mejorado: el porcentaje de trabajadores atrapados en el sector informal ha bajado de 22 a 13 por ciento.

La distribución de ingresos en Brasil sigue siendo entre las más desiguales del mundo, pero también se vieron avances significativos en esta área. Entre 2003-2012, el cuarenta por ciento de la población justo por debajo del nivel mediano casi duplicó su participación en el incremento de los ingresos del país, con relación a la década anterior. Esto se dio a expensas del 10 por ciento más rico de la población.

Son los pobres quienes de forma más evidente se han beneficiado de esta transformación de la economía brasileña, y esto se ve reflejado en las encuestas. Pero no solamente los pobres han mejorado su bienestar: con un ingreso medio por hogar de apenas unos $800, la gran mayoría de los brasileños iba a poder sacarle provecho al aumento de sueldos, la reducción del desempleo, y el importante incremento de las pensiones durante la última década.

Desde el punto de vista de las élites, estas ganancias para el común de los trabajadores no son tan buena noticia. Una nueva ley que requiere que las trabajadoras y trabajadores domésticos – quienes constituyen un gremio importante en Brasil, gracias a su abrumadora desigualdad – sean tratados como empleados formales, con una cantidad máxima de horas de trabajo, sueldos mínimos y seguridad social,  es la más reciente irritación para la clase más pudiente.

Un relato contrario, según el cual Brasil bajo el PT va en camino hacia la ruina, ha llenado los medios en Brasil – que en su mayoría están opuestos al gobierno – y la prensa internacional. Desde esta óptica, la economía se ha ralentizado porque el gobierno no es lo suficientemente “amigable” hacia el sector privado.  La inflación (actualmente 6.5 por ciento, al tope de la banda fijada como meta) es demasiado alta, alimentada por un mercado laboral “demasiado ajustado”, y el gobierno necesita recortar el gasto. Y, por supuesto: por favor, toca ser más amigable hacia los Estados Unidos y su política exterior muy impopular en la región; cosa que fue un tema de la oposición en la última elección y hoy ha sido reavivado.

La realidad en cuanto a la política económica es bastante distinta: de hecho, desde finales del 2010 el gobierno ha estado escuchando al sector financial  algo más de lo debido, con el incremento de las tasas de interés y los recortes al gasto público cuando la economía estaba demasiado débil. Ojalá no se repitan estos errores.

Si Dilma gana, será porque la mayoría de los brasileños ha obtenido gran parte de las cosas por las que votaron anteriormente. Quizás quieran más, y deberían querer más; pero es poco probable que opten por un retorno al pasado.

Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research, en Washington, D.C. (www.cepr.net ). También es presidente de la organización de política exterior, Just Foreign Policy ( www.justforeignpolicy.org ).