Mark Weisbrot
The Americas Blog, 23 de agosto, 2018

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Pocas veces he respondido a los troles porque, bueno, ¿de qué sirve? No es que a ellos les importen los hechos o la lógica.

Por ejemplo, Francisco Toro, un bloguero que despotrica de Venezuela y publica en el Washington Post, ha estado molestándome durante años y casi siempre lo he ignorado. Dany Bahar, un economista del Brookings Institution, me troleó en un programa de televisión, sosteniendo frente a la cámara un artículo de The Guardian que escribí hace casi cinco años, con el fin de criticarme. Cathy Newman, una presentadora de noticias de Channel 4 ―una de las tres estaciones de televisión más vistas del Reino Unido― hizo lo mismo en medio de un noticiero en el que supuestamente me estaba entrevistando. Y ahora Brian Ellsworth, un periodista de Reuters que reporta desde Venezuela, se unió a la última avalancha de troles, bots y fanfarrones que se me abalanzaron porque tuve el descaro de mencionar en la BBC World TV, el 17 de agosto, que el embargo financiero de Trump contra Venezuela hace más difícil para el Gobierno venezolano estabilizar la economía, un hecho que ningún economista discutiría. De hecho, ese es el propósito del embargo.

Comencemos con lo que todos estos troles ―incluidos los más educados, mencionados anteriormente― tienen en común. Todos se basan en un artículo (uno de decenas) que escribí sobre Venezuela. Ninguno de ellos pone en tela de juicio un solo hecho descrito en ese artículo. Eso dice mucho sobre la fortaleza de sus "argumentos".

Su magnífico "te pillé" no se trata de ningún hecho, sino más bien de una predicción. Escribí que Venezuela no enfrentaba una amenaza seria de hiperinflación. Eso era cierto en noviembre de 2013, la fecha en la que escribí el artículo. Por lo general, los economistas definen la hiperinflación como una tasa de inflación que excede el 50 por ciento por mes. Aunque no contamos con estadísticas oficiales de la inflación en Venezuela desde 2015, las estimaciones disponibles (de la Asamblea Nacional, controlada por la oposición) no muestran la inflación venezolana a ese nivel hasta noviembre de 2017, cuatro años después.

Los troles insinúan que en noviembre de 2013 yo debería haber sabido que Venezuela eventualmente alcanzaría la hiperinflación. En ese momento, como señalé en el artículo de The Guardian, Venezuela enfrentaba una dinámica en la que existía un importante mercado paralelo para el dólar, y el precio del dólar en ese mercado estaba aumentando. Esto incrementó la inflación (al aumentar el precio de las importaciones). A su vez, la inflación llevó a más personas a comprar dólares, lo que impulsó aún más el precio del dólar en el mercado negro. Si se permite que dicha espiral continúe, eventualmente se llega a la hiperinflación.

Sin embargo, asumí que el Gobierno en algún momento rompería este ciclo decidiendo unificar el tipo de cambio, eliminando así (o reduciendo hasta hacerse irrelevante) el mercado paralelo. Esa suposición resultó ser incorrecta, pero era una suposición razonable en aquel momento. De hecho, el economista Francisco Rodríguez, quien entonces trabajaba para el Bank of America Merrill Lynch, tuvo la misma suposición en ese momento. Rodríguez conoce la economía venezolana, probablemente mejor que nadie en el mundo; y de hecho se ha demostrado en repetidas ocasiones que sus análisis acerca de la economía venezolana son correctos, mientras que casi todas las fuentes que los medios de comunicación citan sobre este tema ―especialmente sobre las finanzas del Gobierno― se ha comprobado sistemáticamente que son erróneas.

Pero la mayoría de los economistas habría supuesto lo mismo en aquel momento. Las hiperinflaciones no son tan comunes; solo hubo unos seis episodios en América Latina en el siglo XX. Y como señalé en aquel momento, Venezuela tenía más de $36 mil millones en reservas internacionales, un considerable superávit de su cuenta corriente de $11 mil millones (2.9% del PIB) y no enfrentaba una inminente crisis de la balanza de pagos. No había ninguna razón para pensar que el Gobierno mantendría su tipo de cambio fijo sobrevaluado hasta llegar a la hiperinflación.

Por el contrario, había otras razones para suponer, en noviembre de 2013, que el Gobierno tomaría las medidas necesarias antes de llegar a una hiperinflación. En 2002, por ejemplo, a pesar de la seria agitación política (incluido un golpe militar y una devastadora huelga petrolera opositora), el presidente Hugo Chávez flotó la moneda. Las reservas del Banco Central aumentaron durante ese período. Y en 2014 el Gobierno anunció que iba a unificar el tipo de cambio, aunque no cumplió. En mayo de 2016, como señaló Toro, un equipo de economistas de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) viajó a Venezuela y propuso un plan, el que incluía la unificación del tipo de cambio y otras medidas de las que racionalmente podría esperarse que detuvieran la aceleración de la inflación. Yo era parte de ese equipo. No estaba del todo claro en ese momento si el Gobierno adoptaría el plan o no.

Los troles dirían que predijeron el desastre y, de hecho, lo hicieron: lo predijeron todos los años ―desde que Chávez fue elegido en 1998―, incluso cuando la economía estaba en auge y la inflación estaba cayendo. Sin embargo, esa es la precisión de un reloj parado que, como dice el refrán en inglés, acierta dos veces al día.

Eventos poco probables suceden todos los días: si lanzas una moneda ocho veces, la posibilidad de obtener todas “cara” es menos de 1 en 250. Pero puede ocurrir y, cuando lo hace, no significa que antes de que sucediera los observadores hubieran tenido motivos para considerarlo probable. Los troles están tratando de argumentar que simplemente porque eventualmente ocurrió, entonces los espectadores en 2013 deberían haber visto la hiperinflación como un resultado probable. Este no es un argumento lógico.

Si me hubiera equivocado completamente, como más del 90% de los profesionales de la economía acerca de las burbujas de activos más grandes en la historia mundial (la burbuja bursátil estadounidense de fines de la década de 1990 y la burbuja inmobiliaria de $8 billones de la década del 2000), los troles tendrían razón al atacarme. Estas burbujas fueron claramente identificables y, de hecho, fueron identificadas en ese momento. Su estallido fue básicamente inevitable, como lo fueron las recesiones que resultaron de ellas. La hiperinflación de Venezuela no tuvo tal inevitabilidad en 2013 o, incluso, mucho más tarde.

Los troles también se están aprovechando del titular del artículo de 2013 que, como la mayoría de los periodistas saben, no lo escribe el autor. El titular versaba ―fuera de contexto― que "esta economía no es la Grecia de América Latina". Las personas que leyeran más allá del titular se darían cuenta que la comparación con Grecia era solo para explicar que debido a que Venezuela tenía su propio banco central y su moneda (a diferencia de Grecia) podía cambiar su política macroeconómica y resolver sus peores problemas económicos; lo que también era cierto incluso después de que los precios del petróleo se desplomaron en 2014.

A los troles también les conviene el profundo y sistemático sesgo contra Venezuela en los principales medios en los últimos 20 años. Para un buen estudio académico reciente, ver aquí.

Parte de la forma en que se mantiene este discurso público unilateral, y a menudo engañoso, es a través de la persecución, el hostigamiento y el castigo a cualquiera que presente una opinión ―o incluso hechos que no convengan― distinta de la narrativa dominante. Esta narrativa coincide con más de 16 años de esfuerzos, por parte del Gobierno de los EEUU, por acometer un cambio de régimen en Venezuela.

Es por eso que los troles se amontonaron como un ejército de hormigas en respuesta a mi simple exposición de los hechos públicamente disponibles sobre el embargo financiero del Gobierno de Trump a Venezuela, como parte de una discusión sobre la hiperinflación allí. Ninguno de los otros grandes medios informativos se molestó en mencionar durante el fin de semana esta información tan relevante, y los troles no quieren que vuelva a suceder.

Es por eso que esta vez estoy respondiendo a los troles. Es importante demostrar que no pueden intimidar a todos. Como versa la famosa frase de Franklin D. Roosevelt, "doy la bienvenida a su odio”.

Por supuesto, si alguno de los troles con cierto conocimiento de Venezuela quisiera tener un debate público sobre esto, está invitado. Estoy seguro de que tendría una gran acogida en internet porque hay muy poco debate público sobre Venezuela, o sobre la política de Estados Unidos en Latinoamérica en general. Mi invitación se extiende a cualquiera de los periodistas, académicos u otros que escriben sobre el tema que no sean troles. No espero que ninguno de los troles ―o aquellos que solo publican sus infundadas creencias― tengan el coraje de defender sus puntos de vista en un debate. Pero si lo tienen, tráiganlo.



Mark Weisbrot es codirector del Centro de Investigación en Economía y Política (Center for Economic and Policy Research, CEPR) en Washington, D.C. y presidente de la organización Just Foreign Policy. También es autor del libro “Fracaso. Lo que los ‘expertos’ no entendieron de la economía global” (2016, Akal, Madrid).

Traducción por Francesca Emanuele.