Mark Weisbrot
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Buena parte de la información histórica de mayor importancia para la comprensión de la actualidad surge, como es de esperarse, de fuentes que debían ser ocultadas del público. Imagínese si más de 250 mil comunicaciones entre diplomáticos estadounidenses, que nunca debían ver la luz del día, de pronto fueran liberadas. En realidad, no hace falta imaginar: se encuentran ahora en el Internet, y en el nuevo libro "The Wikileaks Files" varios investigadores han creado un tesoro de información y análisis que puede ser inmensamente esclarecedora. ("The Wikileaks Files: The World According to Empire", ediciones Verso).

Observemos a Siria, que actualmente domina las noticias internacionales, debido a la intervención militar de Rusia, y también por la ola de unos 500.000 refugiados tras su llegada a Europa. ¿Por qué habrá tardado tanto Washington en apenas comenzar - y por desgracia apenas comienza - a reconsiderar su política de exigir la dimisión de Assad antes de que pueda haber cualquier negociación? A fin de cuentas, cualquier diplomático le hubiera podido decir al gobierno de Obama que exigir el suicidio político de una de las partes en un conflicto político como condición previa para la negociación no es cómo funcionan las cosas. En términos prácticos, esta política supone un compromiso con la guerra indefinida.

La respuesta se puede encontrar en las comunicaciones diplomáticas dadas a conocer por Wikileaks, que delatan que el "cambio de régimen" era en realidad la política del gobierno de Estados Unidos desde el 2006. Resultan aún más espantosas, tras cientos de miles de muertos, un sinfín de vidas arruinadas, y cuatro millones de desplazados, las pruebas de que Washington ha contado con una política de promover una guerra sectaria en Siria, con el fin de desestabilizar al gobierno de Assad. Un cable del más alto funcionario de la embajada de Estados Unidos (el encargado de negocios) en Damasco en diciembre de 2006 ofrece sugerencias sobre cómo Washington puede exacerbar y aprovechar ciertas "vulnerabilidades" del gobierno sirio. Las vulnerabilidades a ser explotadas incluyen "la presencia de extremistas islámicos en tránsito" y los "temores por parte de los sunitas de la influencia iraní."

Al describir dicha estrategia en Los archivos de Wikileaks, Robert Naiman señala:

En aquél momento, nadie en el gobierno de Estados Unidos hubiera podido pretender su inocencia de forma creíble en cuanto a las posibles consecuencias de una tal política. Este cable fue escrito en pleno apogeo de la guerra civil sectaria entre suníes y chiíes en Irak, la cual el ejército estadounidense intentaba contener sin éxito. El disgusto público en EE.UU. con la guerra civil sectaria desatada en Irak a raíz de la invasión de EE.UU. le acababa de costar a los republicanos el control del Congreso en las elecciones de noviembre de 2006. El resultado de esas elecciones inmediatamente precipitó la renuncia de Donald Rumsfeld como Secretario de Defensa. Nadie trabajando para el gobierno de Estados Unidos para ese entonces en materia de política exterior pudo haber desconocido las implicaciones de promover el sectarismo entre sunitas y chiítas.

Los cables también revelan que el apoyo estadounidense a los esfuerzos para derrocar al gobierno sirio a partir de 2011 no suponía una respuesta a la represión de las protestas del gobierno de Assad, sino más bien la continuación de una estrategia de larga data, por medios más directamente violentos. Explican por qué el gobierno de Estados Unidos pudo haberse dejado llevar a tal punto por las protestas y luego por la lucha armada que ayudó a promover, como para ignorar lo que una gran cantidad de sirios, quizás la mayoría, estaban pensando: que independientemente de lo que pensaran de Assad, bastaba echar un vistazo al desastre en Irak (incluso antes de ISIS) para darse cuenta que un destino mucho peor para su país era posible. Y esa situación se ha materializado.

Los cables de diplomáticos estadounidenses en América Latina arrojan mucha luz sobre la política actual de Estados Unidos en esa región, pues muestran un cuadro persistente no sólo de hostilidad, sino de acciones contra los gobiernos de izquierda como Bolivia, Ecuador, Honduras y Venezuela, entre otros. Venezuela es considerada tan influyente que pareciera que estuvieran hablando de una nueva Unión Soviética, que debe ser "contenida". Un plan de cinco puntos esbozado por el embajador estadounidense William Brownfield en un cable de 2006 incluye: "penetrar la base política del chavismo", "la división de chavismo" y el "aislamiento de Chávez en el plano internacional". Otros comunicados proporcionan más detalles de cómo eso se intentó. Por ejemplo, se hizo sentir la presión de Estados Unidos para influir en países tan pequeños y necesitados como lo son Haití, Honduras y Jamaica, para que rechazaran asistencia energética de Venezuela que les ahorraría cientos de millones de dólares. Los cables revelan cómo el gobierno del presidente hondureño Mel Zelaya se convirtió en un estado enemigo al volverse demasiado amistoso con otros gobiernos de izquierda.

Zelaya fue derrocado por los militares en 2009, y quedó claro desde el día del golpe, cuando el gobierno de Obama emitió un comunicado que no lo rechazaba, de qué lado estaba Washington. En este caso, los cables de Wikileaks respaldan lo que ya se podía deducir de información previamente pública.

Ahora los recién publicados correos electrónicos de Hillary Clinton mientras que dirigía la diplomacia de EEUU, proporcionan más detalles sobre cómo el gobierno de Estados Unidos ayudó a garantizar que el presidente democráticamente electo de Honduras no volviera a su país antes de que se celebraran "elecciones" - que casi toda América Latina se negó a reconocer – bajo el gobierno de facto.

Todos estos documentos anteriormente clasificados ayudan a explicar las intenciones y la estrategia de la actual gestión en Washington, y lo consistente que ha permanecido - exceptuando el histórico acuerdo con Irán - en tantos lugares. En América Latina, estos documentos nos ayudan a entender por qué EE.UU. todavía se niega a aceptar un embajador de Venezuela, incluso después de aceptar un embajador de Cuba. Estas políticas son coherentes entre sí y con el último medio siglo de relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica. Quien sea que esté definiendo la política en la gestión de Obama (lo cual no es tan transparente) todavía está calculando que en Venezuela la oposición puede ser ayudada de mejor forma mediante la deslegitimación del gobierno, mientras que en Cuba se considera que la apertura de las relaciones y el comercio con los EE.UU. representan una mejor apuesta. Sin negar la importancia simbólica e histórica del restablecimiento de las relaciones diplomáticas de EE.UU. con Cuba, en ambos casos el objetivo sigue siendo el mismo: un cambio de régimen.

Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research en Washington, D.C. y presidente de Just Foreign Policy. Es además autor del libro nuevo "Errados: en qué se equivocaron los “expertos” acerca de la economía global" (Oxford University Press, 2015).