Un banco propio de la región

02 Noviembre 2007

31 de octubre, 2007, Mark Weisbrot   En inglés

Un banco propio de la región

Por Mark Weisbrot

AlterNet,
31 de octubre de 2007

En inglés
Vea el artículo original aquí

“Las naciones en desarrollo deben crear sus propios mecanismos de financiamiento, en vez de sufrir bajo el FMI y el Banco Mundial, que son instituciones de los países ricos… es tiempo de despertar.”

Así dijo Lula da Silva, el presidente de Brasil – no el némesis de Washington, Hugo Chávez –hablando en la República del Congo hace apenas dos semanas. Aunque entre nuestros círculos dominantes de política exterior se siga negándolo, el reconocimiento de que las políticas e instituciones económicas de Washington han fracasado rotundamente en América Latina es ampliamente compartido entre los dirigentes de la región. Los comentaristas acá en Estados Unidos – Foreign Affairs, Foreign Policy, la redacción y los contribuyentes editoriales en los principales periódicos – se han esforzado en distinguir “buenos” presidentes de izquierda (Lula de Brasil y Michelle Bachelet de Chile) de los “malos” – Chávez de Venezuela, Rafael Correa de Ecuador, Evo Morales de Bolivia, y dependiendo del comentarista, a veces Néstor Kirchner de Argentina.

Pero la realidad es que Chávez (de manera más extravagante) y sus colegas andinos solamente están diciendo en voz alta lo que todos los demás creen. Por lo tanto, el Washington oficial y la mayoría de los medios de comunicación, han estado más o menos sorprendidos por la rápida consolidación de un nuevo “Banco del Sur” propuesto por Chávez, apenas el año pasado, como una alternativa a las instituciones dominadas por Washington, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.

Los medios de comunicación han sido reacios a tomar en serio al nuevo banco, y algunos se siguen refiriendo a la institución, peyorativamente, como, “el banco de Chávez”.  Pero a esta iniciativa se le ha sumado Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay y Paraguay. Y hace apenas dos semanas, Colombia, uno de los pocos aliados en la región de la administración Bush y el tercer mayor receptor de ayuda externa de EE.UU. (después de Israel y Egipto), anunció que también quería participar.  ¿Tú también, Uribe?

El banco se lanzara oficialmente el 5 de diciembre y hará préstamos para el desarrollo de sus países miembros, con un enfoque en la integración económica regional. Esto es importante ya que estos países quieren incrementar sus relaciones comerciales y energéticas por razones económicas, así como políticas, al igual que la Unión Europea lo ha estado haciendo durante los últimos 50 años. El Banco Interamericano de Desarrollo, que se centra por completo en América Latina, dedica sólo el 2 por ciento de sus préstamos a la integración regional.

A diferencia de las instituciones financieras internacionales con sede en Washington, el nuevo banco no impondrá condiciones de política económica sobre sus prestatarios.  Se cree ampliamente que las condiciones del FMI y el Banco Mundial son una de las causas centrales del fracaso económico sin precedentes en América Latina en los últimos 26 años, el peor rendimiento en el crecimiento económico a largo plazo en más de un siglo.

Se espera que el banco comience con un capital de alrededor de 7 mil millones de dólares, con contribuciones de todos los países miembros. Será gobernado principalmente en base al principio de que cada país tendrá un voto.

¿Qué tan irónico es que a una institución de este tipo se le llame “el banco de Chávez”, mientras que nadie se refiere al FMI o al Banco Mundial como “el banco de Bush”? El FMI y el Banco Mundial cuentan con 185 países miembros, pero Estados Unidos manda.  El país tiene un veto formal en el FMI, pero su alcance es mucho mayor, ya que Europa y Japón casi nunca han votado en contra de Washington en los 63 años de historia de la institución. El resto del mundo, es decir, la mayoría y los países que sufren el impacto de las políticas de las instituciones, tienen poca o ninguna influencia en la toma de decisiones.

Políticamente, el nuevo banco es otra Declaración de Independencia para Sudamérica, que como resultado de cambios épicos en los últimos años, es ahora más independiente de Estados Unidos, que Europa. El cambio más importante que ha engendrado esta nueva independencia – aparte de la revuelta populista en las urnas que resultó en la elección de gobiernos centro izquierdistas en la Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Uruguay y Venezuela – ha sido el colapso del “cartel de acreedores” dirigido por el FMI en la región. Ésta fue la principal avenida de influencia para Estados Unidos y ya no queda mucho de ella.  Por supuesto que el gobierno estadounidense todavía tiene influencia en la región, pero sin la capacidad de cortarles el crédito a gobiernos desobedientes, su alcance es bastantemente reducido.

La necesidad de tener instituciones económicas alternativas regionales, para créditos para el desarrollo y financiamiento, es cada vez más aceptada por la mayoría del mundo. Hace diez años, a raíz de la crisis financiera asiática, hubo toda una serie de propuestas, incluso libros de eminentes economistas, sobre la manera de reformar “la arquitectura financiera internacional”.  La actual crisis causada por el colapso de los títulos ligados a hipotecas “basura” (subprime) puede provocar otro debate de ese tipo. Pero la realidad es que un decenio después de la crisis asiática, los gobiernos de los países ricos no han dado paso alguno en dirección hacia una reforma.  En los últimos meses, se han nombrado nuevos dirigentes para el FMI y el Banco Mundial, y por tradición, éstos han de ser un europeo y un estadounidense, respectivamente.

Esa tradición fue honrada, a pesar de los deseos de la mayoría de los países miembros y de decenas de organizaciones no gubernamentales y centros de investigación de abrir el proceso de búsqueda de nuevos directores.  Para el Banco Mundial, la administración Bush incluso logró empeorar la situación al nombrar a Robert Zoellick, un neoconservador a imagen de su detestado predecesor, Paul Wolfowitz, para dirigir esta institución asediada. Sin el cambio simbólico más pequeño, es difícil imaginar  que se den cambios más sustantivos en un futuro previsible – por ejemplo, en la estructura de votación. Con una reforma de los niveles superiores de mando bloqueada, los cambios positivos se tendrán que dar a nivel regional, y por supuesto, aún más importante, a nivel nacional. Los latinoamericanos están dando de su parte, y el mundo seguramente les dará las gracias por ello.

No todos se contentan al ver que se desafía al antiguo orden. Una persona al interior del Banco Interamericano de Desarrollo le dijo al Financial Times: “Con el dinero de Venezuela y la voluntad política de Argentina y Brasil, se trata de un banco que podría manejar grandes cantidades de dinero y un enfoque político diferente. Nadie va a decir esto públicamente, pero no nos gusta”.

Aparentemente, estas instituciones que predican las virtudes de la competencia internacional no son tan entusiastas cuando se trata de romper su propio mercado monopolístico.

 


Mark Weisbrot es codirector del Centro para Investigación Económica y Política, en Washington, D.C.

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