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“Amo ser el topo dentro del Estado. Soy el que destruye al Estado desde adentro”, declaró Javier Milei poco después de ganar la elección para la Presidencia de Argentina.

Milei asumió en diciembre de 2023, y pronto se convirtió en el “presidente favorito” de Donald Trump. Pero resulta poco probable que un presidente que no cree en el gobierno y, de hecho, quiere destruirlo, planifique una estrategia efectiva para la recuperación de una crisis económica.

Milei llevó el endeudamiento argentino a nuevos récords al comprometerse, el 11 de abril, a sumar otros 42 mil millones de dólares a la deuda pública externa. Como es habitual, el FMI marcó el rumbo al otorgar un préstamo de 20 mil millones de dólares, con un desembolso inicial sin precedentes de 12 mil millones. Luego, el Banco Mundial se sumó con 12 mil millones de dólares y el Banco Interamericano de Desarrollo con 10 mil millones. Todo fue anunciado en la misma jornada. 

Pero no fue suficiente. Esta semana, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, anunció otros 20 mil millones de dólares mediante un swap o canje de divisas. Además, Estados Unidos ha intervenido en los mercados cambiarios para comprar pesos y declaró que está “listo” para adquirir bonos soberanos argentinos. 

¿Puede este compromiso del gobierno más poderoso del mundo salvar la economía argentina y al gobierno de Milei? Probablemente no. Un problema es la deuda en sí, como mostró la historia reciente del país. En 2018, el FMI le otorgó un préstamo récord de 57 mil millones de dólares al entonces presidente Mauricio Macri. Al igual que el de este año, aquel crédito respondió obviamente a motivos políticos. Peor aún, el préstamo incluía condiciones procíclicas y destructivas, las cuales tuvieron un papel clave en el origen de la crisis actual.

La deuda es solo una parte del problema. La otra es la estrategia económica actual del gobierno, o directamente, la falta de una. Milei logró bajar la inflación al apuntalar el valor del peso, lo que abarató las importaciones, y podría contribuir a estabilizar las expectativas inflacionarias y los mercados financieros.

Pero los mercados financieros no están convencidos de que el actual tipo de cambio sea sostenible, y el capital ha estado huyendo del peso. Esto provocó que el Tesoro y el Banco Central de Argentina gastaran miles de millones de dólares en las últimas semanas, dejando muy pocas reservas internacionales. Una situación que no puede sostenerse por mucho tiempo.

La administración Trump parece haber asumido un compromiso inédito para estabilizar la moneda y el mercado de bonos argentinos. Pero ese respaldo se enfrenta a un problema enorme: la elevada e insostenible deuda del país. Argentina concentra casi la mitad de los préstamos no concesionales que otorga el FMI en el mundo. Los bonos soberanos de Argentina están clasificados de manera uniforme como basura: ninguna de las agencias de calificación les otorga estatus de grado de inversión. Los tenedores de estos bonos, por lo tanto, están haciendo una apuesta altamente especulativa.

Tener bonos argentinos hoy es casi como haber tenido acciones estadounidenses en el año 2000, justo antes de que reventara la burbuja de 10 billones de dólares. Muchos conservaban esas acciones con la esperanza de salir a tiempo ante las primeras señales del colapso. Este tipo de especulación —y los mercados financieros argentinos también albergan otras formas de especulación dañina que han enriquecido a los operadores de divisas durante el último año— vuelve a la economía mucho más vulnerable a diversos choques, tendencias y noticias económicas. 

Irónicamente, el compromiso de la administración Trump agregó otra fuente de inestabilidad: declaraciones disidentes de funcionarios, políticos y expertos estadounidenses. Muchos dudan del compromiso de Estados Unidos de desembolsar decenas de miles de millones de dólares para sostener el peso argentino. “Incluso mientras el Gobierno de Trump intenta despedir a más empleados y cerrar servicios, Trump se asegura cuidadosamente de mantener abierta la oficina del Departamento del Tesoro encargada de ejecutar su rescate de los mercados financieros de Argentina”, dijo la senadora demócrata Elizabeth Warren (Massachusetts), luego de que los republicanos bloquearan la votación de su proyecto de ley “No al rescate de Argentina”. 

El propio presidente Trump hizo probablemente una de las declaraciones más desestabilizadoras de la semana, también el martes, durante su reunión con Milei en Washington. Al referirse a las elecciones legislativas del próximo 26 de octubre, afirmó sobre Milei: “Si gana, seguimos con él; si pierde, nos vamos”. 

El nivel de aprobación de Milei ha caído, a medida que varios escándalos de corrupción desplazaron a la inflación como principal preocupación para los votantes. Su enfoque de la “motosierra” con el presupuesto nacional, y el sufrimiento que causó, también se volvieron cada vez más impopulares. El 4 de septiembre, el Congreso rechazó un veto que bloqueaba aumentos en asistencia a las personas con discapacidad. Fue la primera revocación total a un veto presidencial en más de 20 años. Unas semanas después, otro veto fue rechazado, relacionado con el presupuesto para la salud pediátrica y al financiamiento de las universidades públicas.

Por mucho que vaya en contra de la ferviente adhesión que tiene Milei con una visión decimonónica de la economía del “libre mercado”, Argentina necesita un Gobierno de verdad, que esté dispuesto y sea capaz de tomar las medidas necesarias y constructivas para enfrentar la crisis actual.