Intellectual Property

Propiedad Intelectual

CEPR researches how US government-granted monopolies of patents, copyrights, and other forms of intellectual property redistribute income upward and the role of digital global trade and international commercial agreements on inequality and economic mobility.

CEPR investiga cómo los monopolios de patentes, derechos de autor y otras formas de propiedad intelectual otorgados por el gobierno de los Estados Unidos redistribuyen el ingreso hacia arriba. CEPR analiza el papel del comercio mundial digital y los acuerdos comerciales internacionales sobre desigualdad y movilidad económica.

CEPR researches how US government-granted monopolies of patents, copyrights, and other forms of intellectual property redistribute income upward and the role of digital global trade and international commercial agreements on inequality and economic mobility.

CEPR investiga cómo los monopolios de patentes, derechos de autor y otras formas de propiedad intelectual otorgados por el gobierno de los Estados Unidos redistribuyen el ingreso hacia arriba. CEPR analiza el papel del comercio mundial digital y los acuerdos comerciales internacionales sobre desigualdad y movilidad económica.

Op-Ed/Commentary

CoronavirusCrisis económica y recuperaciónPropiedad IntelectualEE. UU. Covid-19: ¿Bill Gates es un imbécil?
Sin Permiso, 20 de marzo, 2021 Ver artículo en el sitio original In English A medida que avanzan los planes de vacunación, varios expertos en salud pública nos advierten que la pandemia puede resurgir por la aparición de nuevas cepas resistentes a las vacunas. La lógica dice que cuanto más personas estén protegidas contra la cepa dominante aparecerán nuevas mutaciones, y las vacunas con las que contamos ya no serían eficaces. Esto puede colocarnos en una situación de "whack-a-mole" (un juego mecánico en el que hay que darle martillazos a varios topos que vuelven a aparecer todo el tiempo (NdT), debiendo alterar constantemente nuestras vacunas y volver a aplicarlas para limitar la muerte y el sufrimiento por la pandemia. Como nunca antes, esta situación muestra la urgencia de acelerar la investigación sobre vacunas. Aunque la cuestión es que sería deseable que rápidamente las pruebas sobre las nuevas cepas se compartieran y también los ensayos sobre la eficacia del lote actual de vacunas en relación con cada una de las nuevas cepas. El problema de los monopolios de patentes Ni duda cabe que es poco probable que estas cosas ocurran, mientras las compañías farmacéuticas sólo intenten maximizar los beneficios de los monopolios de patentes que les otorgan los gobiernos. Tienen pocos incentivos para compartir pruebas capaces de poner en evidencia que sus vacunas podrían no ser eficaces ante determinadas cepas. Las agencias reguladoras deberían tomar esta determinación y divulgar públicamente sus hallazgos aunque a Pfizer, por ejemplo, no le interesa divulgar sus hallazgos de manera abierta. El problema que supone  la protección de los derechos de propiedad intelectual en pandemia ha recibido una atención considerable en el resto del mundo -aunque no en Estados Unidos-, a raíz de una resolución presentada por India y Sudáfrica en la Organización Mundial del Comercio. Si tal  resolución se aplicara, se dejarían sin efecto los reclamos de patentes y otros derechos de propiedad intelectual sobre vacunas , tratamientos y pruebas mientras dure la pandemia. La resolución cuenta con un apoyo aplastante por parte de los países en desarrollo, aunque  Estados Unidos y otros países ricos están prácticamente unidos en la oposición. Luego de la presentación de la resolución, varios analistas argumentaron que poner fin a la protección de la propiedad intelectual no aceleraría la expansión de las vacunas (aunque en general no abordaron la cuestión de los tratamientos y las pruebas). El argumento fue que la producción de vacunas supone complejos procesos de fabricación que otros productores no estarían en condiciones de replicar, aún cuando no estuvieran bloqueados por los monopolios de patentes. También argumentaron que existen límites para escalar la producción, y que estos limites no se verían afectados por la eliminación de los monopolios de las patentes. Sobre  el primer punto no hay discusión. Pfizer, Moderna y otros fabricantes de vacunas tienen un conocimiento específico de los procesos de fabricación que no está disponible de manera amplia; y si bien es probable que con el tiempo los productores de otros lugares sean capaces de replicar sus procesos, nos gustaría que estas empresas compartieran directamente sus conocimientos de fabricación. Y esto podría hacerse de dos maneras: podríamos pagarles para que transfieran sus conocimientos y organizar seminarios y consultas con los ingenieros de otros fabricantes para que se pongan al día lo antes posible. Lo ideal sería negociar unas condiciones que fueran aceptables para estas empresas. Ahora bien, supongamos que Pfizer, Moderna y el resto no estuvieran dispuestos a vender, o no quieren hacerlo a un precio razonable. Entonces tenemos una segunda posibilidad: ofrecerles mucho dinero de manera directa a las personas que tienen los conocimientos necesarios. Supongamos que les ofrecemos entre 5 y 10 millones de dólares a los ingenieros más aptos  durante un par de meses para que trabajen con ingenieros de todo el mundo. Obviamente que Pfizer y Moderna podrían demandarlos, entonces nosotros pagaríamos la cuenta de sus honorarios legales y el dinero que puedan perder en los acuerdos. Las sumas  son triviales en relación con las vidas que podrían salvarse y los daños que se evitarían con una difusión más rápida de las vacunas. Si estas empresas realmente emprendieran acciones judiciales, también sería una gran oportunidad, porque le mostrarían al mundo su afán de lucro  y la enorme corrupción del actual sistema de financiación de los monopolios de patentes. De acuerdo, supongamos que somos capaces de superar los obstáculos y lograr que los conocimientos de estas empresas se distribuyan libremente por todo el mundo. Todavía tenemos el argumento de que hay límites físicos para escalar la producción de vacunas. En este argumento hay dos puntos. En primer lugar, aunque es innegable que hay límites, todavía podríamos avanzar más deprisa. Nadie tenía vacunas en el mes de marzo de 2020, pero los principales productores tenían la capacidad de producir decenas de millones de dosis al mes en noviembre, un período de menos de ocho meses. Desafortunadamente es altamente probable que la pandemia siga siendo un problema grave en una buena parte del mundo en octubre de este año. Esto significa que si reprodujéramos las instalaciones de Pfizer, Moderna y los demás fabricantes principales, podríamos disponer de suministros adicionales en un plazo de tiempo en el que todavía sería enormemente útil, y el objetivo de octubre no supone ningún aprendizaje que acelere el proceso. Recientemente Pfizer anunció haber descubierto algunos cambios en su proceso de producción que permitirían casi duplicar el ritmo de su producción. Por supuesto es una gran noticia que además significa que quienes aseguraban que no había forma de acelerar la producción no estaban en lo cierto. Y este hallazgo de una producción más rápida por parte de Pfizer también hace que nos preguntemos si los ingenieros de Pfizer son los únicos en el mundo que tienen capacidad para descubrir nuevas formas de acelerar la producción. Digámoslo así: si el conocimiento del proceso de producción de Pfizer fuera libremente compartido con los ingenieros de todo el mundo, ¿sinceramente pensamos que no habría nadie con capacidad para aportar nuevas mejoras? La lucha contra las variantes Esto nos vuelve a mostrar la necesidad de pasar al código abierto para combatir la propagación de nuevas variantes resistentes a las vacunas. En este momento, tenemos más de media docena de vacunas que se están distribuyendo ampliamente en países de todo el mundo. Además de las estadounidenses y europeas, hay al menos dos de China (al parecer, el país acaba de aprobar una tercera), una vacuna de la India y otra de Rusia. Estas vacunas tienen tasas de eficacia diferentes y sin lugar a dudas también tendrán diferentes tasas ante las nuevas cepas. Ante las numerosas quejas sobre la falta de transparencia en los resultados de los fabricantes no estadounidenses y europeos, preciso es recordar que incluso los fabricantes estadounidenses y europeos no han sido totalmente abiertos con los resultados de sus ensayos. Sería ideal que todas estas empresas divulgaran plenamente los resultados de sus ensayos clínicos para que los investigadores de todo el mundo pudieran ver en qué grupos de personas fue más eficaz cada  una de las vacunas y qué resultados obtuvieron en la protección contra las distintas cepas. Huelga decir que conseguir la total divulgación es algo que habría que negociar, pero para eso dios creó los gobiernos. En principio, esto debería ser una tarea no imposible, porque finalmente el control de la pandemia lo antes posible nos beneficia a todos. La tarea no requiere tanto esfuerzo, los fabricantes de vacunas tienen los datos, sólo tenemos que lograr que se publiquen en la web. Si dispusiéramos de toda la información sobre la eficacia de cada vacuna, y  si los fabricantes de todo el mundo tuvieran permiso para producir cualquier vacuna sin tener que enfrentarse a juicios de propiedad intelectual, estaríamos mejor situados tanto para contener la pandemia como para responder rápidamente ante la aparición de nuevas cepas. Obviamente esto supone plantear si nuestro sistema actual de financiación de monopolios de patentes es la mejor manera de apoyar el desarrollo de nuevos medicamentos y vacunas, pero es un riesgo que vale la pena correr.

Dean Baker / 20 Marzo 2021

Op-Ed/Commentary

Propiedad IntelectualAmérica Latina y el Caribe ¿Tomar a Obama en serio?
Mark WeisbrotÚltimas Noticias, 3 de mayo, 2015 Al Jazeera America, May 7, 2015 Ver la versión original. En íngles La Cumbre de las Américas ya paso pero los próximos meses nos dirán si de veras fue un punto decisivo en las relaciones hemisféricas, o si las señales de un deshielo fueron apenas un toque de primavera prematuramente cálida. Los medios internacionales destacaron el encuentro histórico entre los presidentes de EE.UU. y Cuba. Esto le convenía al presidente Obama, quien quería evitar la imagen de otra cumbre desastrosa y mostrar avances con respecto a una iniciativa que sería el único logro positivo del presidente Obama en el hemisferio, en caso de que las relaciones entre EE.UU. y Cuba realmente sean normalizadas. Pero para quienes siguieron de cerca los detalles de la cumbre, quedó muy claro que se trató también de un retiro estratégico por parte de Washington. El 9 de marzo, a pocas semanas de la cumbre, la Casa Blanca implementó sanciones económicas contra Venezuela. Esto provocó un fuerte y casi unánime rechazo por parte de Latinoamérica, incluyendo por parte de la UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas) y de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, que integra a todos los países del hemisferio, a excepción de Estados Unidos y Canadá). Estas organizaciones tomaron la medida sin precedentes de exigir que el presidente Obama derogue el decreto ejecutivo que hizo que entraran en vigor las sanciones. La Casa Blanca tal vez hubiera podido ignorar su aislamiento en el hemisferio, como lo ha hecho durante años en varias otras ocasiones. Pero luego sucedió lo de Cuba. La normalización de las relaciones con la isla caribeña es algo que el presidente Obama desea dejar como uno de los legados de su mandato. No obstante, el gobierno cubano dejó claro que no sería parte de ningún proceso en el que los EE.UU. sustituyan su prolongada guerra contra La Habana por otro blanco Latinoamericano que nunca le hizo daño alguno al país del norte.  Fidel Castro anunció su apoyo a Maduro “frente a los planes brutales por parte de EE.UU.” Raúl Castro se sumó igualmente a varios presidentes latinoamericanos en su denuncia de las sanciones. Las palabras fueron seguidas por acciones. La delegación de EE.UU. que negociaba la normalización de relaciones con Cuba viajó a La Habana el 16 de marzo y se esperaba que se quedaría hasta mediados de esa semana, sin embargo acabó devolviéndose el mismo día. La Casa Blanca se dio cuenta de que había cometido un gran error al imponer las conocidas sanciones, y emitió declaraciones destinadas a remendar su metida de pata. El mismo Obama dijo: "No creemos que Venezuela sea una amenaza para Estados Unidos y Estados Unidos no es una amenaza para el Gobierno de Venezuela”, en declaraciones destacadas por la más gran agencia de noticias en español (EFE), pero que recibieron casi ninguna mención en inglés. Y luego Obama hizo algo más, algo que ningún presidente de EE.UU. ha hecho desde enero de 1999, cuando el entonces presidente electo Hugo Chávez se reunió con el presidente Bill Clinton: se reunió con el presidente Maduro. Podría decirse que esta reunión fue tan importante para las relaciones hemisféricas como la reunión que sostuvo con su par cubano. Mientras que el gobierno de Obama ha reconocido la locura de sus décadas de esfuerzo en tratar de deshacerse del gobierno cubano, aún no logra llegar a la misma conclusión en torno a su blanco número uno para el cambio de régimen: Venezuela. Esta política ha sido una gran fuente de tensión, no solamente para Venezuela, sino para la región entera. El gobierno de Bush pensó que podría aislar a Venezuela de sus vecinos, pero acabó aislándose a sí mismo. El gobierno de Obama se ha mantenido prácticamente igual de aislado, al seguir las mismas políticas hacia la región. La Cumbre de las Américas del 2009 fue la primera de Obama, y todo el mundo le dio el beneficio de la duda al ex organizador comunitario – incluso Hugo Chávez. Obama se le acercó a  Chávez y le dio la mano, quizás sin saber que no le era permitido. El apretón de manos se convirtió en una foto icónica que le dio la vuelta al mundo en pocos instantes, enfureciendo así a buena parte de los aliados de derecha de Washington en Latinoamérica, quienes atizaban con fervor el odio y el temor hacia Chávez, con el fin de desprestigiar a sus propios gobiernos de izquierda.  Apenas un día después, Jeffrey Davidow, el diplomático veterano que fue Director en la cumbre para Obama, insultó a Chávez de forma arbitraria – tal vez con el fin de reiniciar la guerra de palabras que era orden del día durante el gobierno de Bush. De este modo, también lanzaba la señal al mundo de que no habría acercamiento con Venezuela por el simple hecho de que EE.UU. haya elegido un Presidente comprometido a “hablar con nuestros adversarios”. En esta ocasión, no se permitieron fotos de Obama y Maduro dándose la mano. Sin embargo, tampoco ha habido palabras o acciones hostiles por parte del gobierno de Obama, dado que se dieron cuenta de que las sanciones fueron un error. Una interpretación optimista de estos acontecimientos sería que este gobierno estadounidense por fin comienza a aceptar que América Latina ha cambiado en los últimos 15 años. Quizás también haya entrado en razón de que no será fácil normalizar las relaciones con Cuba mientras que intenten desestabilizar a Venezuela. Hasta la fecha, pareciera que a la Casa Blanca no le importara mucho América Latina, al dejar que la política hacia la región sea fuertemente influenciada por otras instituciones: el Departamento de Estado, las 17 agencias de inteligencia, el Pentágono, y a veces por congresistas de derecha. Pero cuando Obama decidió tomar otro rumbo con Cuba, “los contactos secretos [con el gobierno cubano] fueron considerados necesarios por la Casa Blanca, dado que el lobby cubano había infiltrado puestos clave dentro del Poder Ejecutivo de EE.UU.”, según lo informa Tom Hayden en su excelente libro recién publicado acerca de las relaciones entre EE.UU. y Cuba.  Roberta Jacobson, la más alta funcionaria del Departamento de Estado para América Latina, no estaba enterada de la nueva apertura hacia Cuba por parte de Obama hasta apenas unas semanas antes de que fuera anunciada, el 17 de diciembre. ¿Qué tan en serio toma el presidente Obama la normalización de las relaciones con Cuba? Un importante indicador, en lo que queda de su mandato, podría ser la forma en que trata a Venezuela. Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research en Washington, D.C. y presidente de Just Foreign Policy. Es además autor del libro de próxima aparición Errados: en qué se equivocaron los “expertos” acerca de la economía global (Oxford University Press, 2015).

Mark Weisbrot / 04 Mayo 2015

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