El fracaso de los ataques contra Hugo Chávez

09 Marzo 2006

9 de marzo, 2006, Mark Weisbrot   En inglés

El fracaso de los ataques contra Hugo Chávez

Por Mark Weisbrot

Este artículo se publicó en los siguientes fuentes: 

Los Angeles Times (California) — 9 de marzo, 2006
Columus Dispatch (Ohio) — 13 de marzo, 2006

OTRO TRIUNFO MÁS para las relaciones públicas de Venezuela: Vila Isabel, el club de samba patrocinado principalmente por el gobierno de Venezuela, ganó la competencia del desfile del Carnaval de Río de Janeiro la semana pasada. Un carro alegórico con una gigante representación de Simón Bolívar, combinado con miles de participantes ricamente adornados que desfilaban por la avenida entonaron el tema triunfador: La Unidad Latinoamericana.

Hace apenas un mes que la secretaria de Estado de los Estados Unidos, Condoleezza Rice, hizo un llamado para hacer “un frente unido” en contra de Venezuela para continuar con la política de largo plazo que pretende aislar a ese país. Pero Washington ha estado escupiendo al cielo porque la influencia de Venezuela en el hemisferio ha seguido creciendo mientras que Estados Unidos sólo ha tenido éxito en aislarse más que en cualquier otro momento en, por lo menos, medio siglo; y valdría la pena preguntarse por qué.

En primer lugar Venezuela es una democracia, a pesar de los mejores esfuerzos del equipo de Bush para usar las cercanas relaciones del Presidente Hugo Chávez con su homólogo de Cuba, Fidel Castro, como evidencia de lo contrario. Sus procesos electorales son transparentes y han sido certificados por observadores de la Organización de Estados Americanos, el Centro Carter y por la Unión Europea. Allí prevalece la libertad de expresión, de prensa y de asociación, al menos en comparación con el resto del hemisferio.

De hecho, la mayoría de los medios de difusión sigue controlada por la oposición que ataca sin cesar al gobierno en canales importantes de televisión. Se trata de la prensa de oposición más virulenta y partidaria del hemisferio, la cual no ha sido censurada bajo el régimen de Chávez.

Como el resto de América Latina, Venezuela tiene problemas de gobernabilidad: un estado débil, un estado de derecho limitado, corrupción e incompetencia por parte del gobierno. Sin embargo, ninguna organización de prestigio en derechos humanos, ha afirmado que la Venezuela de Chávez ha sufrido un deterioro en las libertades civiles, los derechos humanos o la democracia, como ha sucedido con gobiernos anteriores. Ni el país puede ser comparado desfavorablemente con sus socios de la región, bajo estos criterios. En Perú, por ejemplo, el gobierno ha cerrado emisoras de televisión de la oposición y en Colombia, organizadores sindicales son asesinados de manera impune.

Desde el punto de vista latinoamericano, los venezolanos deben tener derecho a escoger a su presidente, aunque se trate de uno que en ocasiones insulte al presidente de Estados Unidos, sin interferencia de este país. Porque el enojo de Chávez contra Washington, visto desde la perspectiva latinoamericana, parece justificado. Documentos del gobierno de Estados Unidos, desclasificados bajo la Ley de Libertad de Información, indican que Washington no sólo aprobó, sino que estuvo involucrado en el golpe militar que derrocó temporalmente al gobierno electo de Venezuela en abril del 2002. Aquí en Washington hay una actitud tipo “Monty Python” con relación al golpe: “No discutamos sobre quién mató a quién.” Pero en América Latina, un golpe militar contra gobiernos elegidos democráticamente sigue siendo considerado un grave crimen. Para colmo, Washington siguió financiando esfuerzos para derribar a Chávez y aún cuando fracasó miserablemente, insiste en presentarlo continuamente como una amenaza a la democracia en la región.

Con el precio del petróleo a casi 60 dólares por barril, Venezuela ha utilizado los ingresos extraordinarios que ha generado para ganar amigos en el hemisferio, proporcionando a las naciones caribeñas financiamiento barato para adquirir el hidrocarburo. Y cuando Argentina necesitó créditos para poder decirle adiós al Fondo Monetario Internacional (FMI), Venezuela le facilitó 2,4 mil millones de dólares. Además, Venezuela compró bonos de Ecuador con valor de 300 millones de dólares. Históricamente Washington ha tenido enorme influencia sobre la política económica de América Latina a través del control de importantes fuentes de crédito que incluyen al FMI, al Banco Mundial y al Banco Interamericano de Desarrollo. El papel que está jugando Venezuela como “prestamista de última instancia” ha reducido dicha influencia.

La oposición de Chávez al consenso de Washington sobre política económica ha encontrado oídos de simpatía en una región que desde 1980 ha sufrido el peor fracaso económico de largo plazo del siglo. A lo largo de los últimos 25 años, el ingreso por persona en América Latina ha crecido un raquítico 10 por ciento, según datos del FMI. Esta situación contrasta con el crecimiento de 82 por ciento en el ingreso per cápita de los latinoamericanos de 1960 a 1980, antes de que la mayoría de las reformas económicas de Washington fuesen adoptadas. Y el gobierno de Venezuela ha mantenido su promesa de compartir la riqueza petrolera con los pobres. La mayoría de la población ahora tiene acceso gratuito a cuidados de la salud, a alimentos subsidiados, y el gasto en educación ha crecido sustancialmente.

Y mientras Vila Isabel ganaba el Carnaval de Río, Connecticut se convirtió en el octavo estado de los Estados Unidos que participa en el programa mediante el cual Citgo Petroleum Corp proporciona petróleo para calefacción a precios de descuento para la gente pobre. Citgo es propiedad del gobierno venezolano. En la competencia por ganarse los corazones y las mentes del hemisferio, es evidente que Venezuela está ganando.


Mark Weisbrot es Director Adjunto del Centro para las Investigaciones Económicas y Políticas (Center for Economic and Policy Research) con sede en Washington, D.C.

CEPR agradece la valiosa contribución de Margarita Álvarez en la traducción de este documento.

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